miércoles, 5 de agosto de 2026

El tío Jacinto.


 

El tío Jacinto.



...A finales del mes de septiembre, con la entrada del reciente otoño, decidí dar una vuelta, por nuestros campos, aún resecos, áridos y resquebrajados, esperando con ansiedad esas lluvias que saciaran una tierra, polvorienta, sedienta y ávidas del liquido elemento. La carretera que une Tharsis, con Cabezas Rubias, era mi destino. Tierra típica andevaleña, con cortijos diseminados, entre encinas, jarales y grandes majales. Quería conocer nuevos lugares, para satisfacer mi afición, cómo silvestrista. Nuevos terrenos, dónde llegado el momento poder plantar mi red, rodeada de verderones, pardillos y jilgueros.

Por uno de los muchos carriles, que se adentran en la inmensidad del campo, decidí introducirme. Buscaba sobre todo, terreno llano, con alguna encina u otros arbustos cercanos. Tras una larga búsqueda, por fin encontré un lugar que satisfacía mis pretensiones. Las altas temperaturas del mes de septiembre, con un sol abrasador, originaron que mi cuerpo necesitara un poco de agua fresca para vencer la sed.

A unos doscientos metros, desde dónde me encontraba, divisé un cortijo, con un eucalipto cercano, el cual agitaba sus hojas con la llegada de vientos de poniente. Me acerqué al cortijo, con paso firme, y al dar la vuelta al mismo, comprobé que estaba habitado. Un anciano, aguardaba sentado junto al cortijo, junto a él, un viejo perro, de raza mastín, jadeaba, mientras contemplaba un puñado de gallinas.

Mi primera reacción fue quedarme quieto, respeto mucho a los perros, conozco su carácter y hay que actuar de modo precavido, pero aquel viejo chucho, ni se inmutó, ni volvió la vista hacia mi. Bastante cansado y entrado en años, sus décadas de gloria habían pasado. Quizás había dirigido un gran rebaño y ahora reclamaba su ansiado reposo tras años de duro trabajo. El hombre que se encontraba sentado junto al cortijo, era alto de estatura y de complexión delgada, sobre su rostro se adivinaba, el paso de los años, donde duras jornadas de sol a sol habían moldeado, agrietado, un cutis surcado por profundas arrugas.

Su frente, horneada y horadada de arrugas, cambiaba de color, conforme avanzaba para el cráneo, señal inequívoca que su cabeza permanecía tapada por alguna mascota o sombrero, el cual en esos momentos no lucía. El poco cabello color platino que no había alcanzado aún el color blanco cristalino, que denota la total perdida de melanina, cubría solo la parte trasera de su cabeza. El rostro, demacrado y macilento, acentuado por una prominente nariz, aguileña, dividía unos pómulos prominentes, los cuales ocupaban prácticamente parte de la cara, y en el interior de sus cuencas orbitales, unos ojillos marrones, entreabrían de modo pausado, para no rendirse ante el sueño. Por ultimo, unos labios resecos y agrietados contorneaban una boca desprovista de dientes. Sobre sus manos, huesudas y deformadas por la artritis, un cayado de madera de acebuche tal vez, envejecido, sostenían unos brazos cubiertos por una chaqueta negra, en la cual el color, había desaparecido en algunas zonas.


De manera educada, me presenté ante él.


..-¡Hola, buenas tardes!.

Exclamé.


..-¡Cómo dice!.


Exclamó, alzando la mano izquierda al oído.


De nuevo elevé la voz.


..-¡Buenas tardes!.


..-Ah, buenas tardes, perdone que no haya oído.


..-¿Que quiere?.


..-Un poco de agua fresca.


Respondí, elevando la voz.


..-¡Agua fresca !


..- Entre usted ahí, en el cortijo, sobre la mesa hay una jarra!


Exclamó, de forma segura, casi sin conocerme, me invitaba, a entrar en su humilde morada.


La puerta de madera sostenida por bisagras, que el paso del tiempo había oxidado, crujía al abrirla. El interior, de gruesos muros de rocas, evitaba que las altas temperaturas del exterior, penetraran, conservando el lugar con temperatura agradable.

Viejas vigas de madera, sostenían un techo, dónde el barro y la madera, de arbustos, se entremezclaban para sostener unas tejas maltratadas por la inclemencias del mal tiempo. El salón poseía un suelo de pizarra, obtenida, posiblemente, de la cercana cantera. Las gruesas paredes revestidas de carbasa, estaban deterioradas, la cal que las había impregnado en otros tiempos se desprendía de sus paredes.


Sobre sus grietas se percibía y advertía la presencia de algún reptil. En la mesa, una jarrita de vidrio que en algún tiempo formó parte del aguar, me sirvió para beber, calmar y aplacar mi sed. De nuevo volví ante su presencia.


..-¡Que fresca y buena esta el agua!


Exclamé, de nuevo, elevando la voz.


..-Sí, es de un pozo, que tenemos ahí en el barranco, es agua pura y cristalina...¿ Pero, que le trae por aquí ?


Preguntó, al final.


..-Pues mire, he venido a buscar un lugar para instalar una red de cazar pájaros, ese lugar que
se encuentra, a unos doscientos metros de la casa, resulta idóneo...¡Pertenece a usted!.


Exclamé.


..-Sí, todo lo que tu ves de viejas paredes me pertenece, puede ser unas ocho hectáreas más o menos.


..-¿ Me da usted permiso para venir junto a unos
amigos a cazar pájaros ?.


Pregunté, de forma pausada, alzando la voz, para que me escuchara correctamente.


..-Sí, claro, puedes venir, todas las veces que quiera, ahora pronto cuando comience a llover, muchos jilgueros acuden a la semillas de cardo.


El buen hombre, sincero, franco y honrado, se había ganado mi amistad en un lugar de mi corazón.


Ya, con su confianza ganada, pregunté por temas más íntimos.


..-¿Vive usted sólo?.


Respondiendo.


..-Sí, mi mujer, mi pobre y añorada esposa, falleció hace unos años, tras una larga enfermedad. Mis hijos viven alejados, apenas vienen a visitarme, desde que marcharon para la ciudad. Se han olvidado de que aquí vive su padre.


En esos momentos, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Un desconsuelo, aflicción y angustia se apoderó de mi alma, cerré el puño y pensé.

..-¿Cómo puede ser tan cruel, inhumano y despiadado el ser humano ?. Con lo que este pobre hombre, habrá pasado, intensas jornadas de sol a sol, pasando frío, sufriendo, llorando, ofreciendo a sus hijos su trozo de pan, si fuera necesario, para que en el ocaso de su vida, cuando más necesita una compañía, se encuentre sólo y abandonado, cómo un perro en la carretera.


Volví mi rostro hacia él, con las primeras lágrimas aflorando sobre mis ojos, al notarme preocupado.

..-¿ Preguntó ?


..-¡Que te pasa hijo!.


..-Perdone, pero su historia me ha llegado hasta lo más profundo de mi corazón, estoy abatido. Por desgracia a mí me faltan, también mis padres, pero jamás en la vida, los hubiese abandonado. Ellos que me dieron la existencia merecen todo mi respeto y ayuda. En su estado, lo mejor para usted es que vaya a Minas de Tharsis, allí acaban de inaugurar un centro, para ancianos, la residencia Montejara, va a estar muy bien atendido, sí usted lo desea, de forma totalmente desinteresada, arreglaré los trámites necesarios para su ingreso, verá usted cómo mejora su calidad de vida.


Respondiendo.


..-Gracias hijo, tu presencia delata, que eres buena persona, te estaré muy agradecido, pero este cortijo perteneció a mis antepasados. Aquí nos criamos toda mi descendencia. Una mujer que vive al lado, me sirve la comida, arregla las gallinas, es buena persona, ella también perdió a su marido. Vive con la hija y su yerno.


Con resignación y desconsuelo abandoné, el viejo cortijo, pero hice la promesa de volver alguna tarde, charlar con él y tratar de convencerlo para su ingreso en la residencia.


A las pocas semanas volví al lugar. El silencio, sepulcral, sólo quebrado por el crepitar de las alas de chicharra, denotaba tranquilidad absoluta. La vieja puerta de madera encajada, indicaba vagamente que allí no había nadie. Presioné con mis manos, la envejecida madera, sin que llegara a abrir. Me acerqué por los alrededores, sin advertir presencia humana alguna. A unos setecientos metros del cortijo, se encontraba, la casa más cercana, y hacia allí encaminé mis pasos. A los pocos metros de la casa, me recibió una mujer madura, de unos setenta años, para mí pensé (esta mujer debe ser, la que ha cuidado del anciano).


..-¡Hola, buenas tardes!


..-¡Hola, que le trae, por aquí!


Exclamó.


..-Hace un mes más o menos, conocí al anciano de aquel cortijo, y he venido a hacerle una visita, tal cómo prometí.


..-Ah el anciano, tío Jacinto.


..-¡Sí!.


Sin ni siquiera saber su nombre, respondí por intuición.


..-Pues tengo que dar malas noticias


En esos momentos, mi corazón comenzó a palpitar.


..-¡Qué ha pasado!.


Exclamé, sintiendo una respuesta dura.


..-¡Pues, el tio Jacinto, falleció, hace un par de semanas!. Yo cuidaba de él, desde que falleció su mujer, hace años. Sus hijos, raras veces lo visitaban. Con lo que ese pobre hombre ha luchado por ellos, en aquellos años de adversidades absolutas



..-¡Cómo falleció!.


..-Pues hace unas semanas, me acerqué, al cortijo, como todos los días, a llevar la comida. Cómo es un poco sordo, de oídos, no advirtió mi presencia, pero al ir a hacer su cama, allí estaba. Traté de llamarlo, pero nada, no respondía. Llamé a mi hija, qué llamó al médico de Cabezas Rubias, que firmó la defunción, por causas que no nos dijo.


..-¡Sus hijos, estuvieron en el entierro!


Exclamé.


..-Sí, acudieron, una familia de Cabezas Rubias les avisó.

Al día siguiente, estuvieron en el cortijo, al pobre mastín, lo abandonaron, menos mal, que se ha integrado con mis perros. Registraron todo el cortijo, para ver si el viejo guardaba algo de dinero, joyas o algo de valor.


Con lágrimas en los ojos, me despedí de la buena mujer. Del rosal de la casa, corté varias rosas y las deposité, sobre la envejecida puerta del cortijo. Aún con lágrimas, le dediqué mi ultimo, emotivo, emocional y sensible, adiós. Mientras, el mastín, se acercaba, para echarse justo donde acompañaba al anciano, en aquellas interminables tardes de verano, sus ojos lacrimosos, expresaban e indicaban, que su querido amigo, ya no estaba presente.


..-Descansa en paz, junto a tu mujer, tu estancia
y el infierno que has pasado en la tierra desde que tu mujer falleció, acabó.

Desde dónde quieras que te encuentres, tu noble
corazón seguirá latiendo, y tu memoria aunque te haya conocido muy poco tiempo, perdurará en el tiempo para siempre.


Fin


El tío Jacinto.


Un relato de Marcos Tenorio Márquez...2013

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