martes, 24 de agosto de 2021

La víbora


 

La víbora.



El viejo cortijo, antes abandonado, había sido reformado. La joven pareja que ocupaba el lugar, se había trasladado desde la ciudad. La crisis y el paro, hicieron que tomaran esta decisión, ante las poca expectativas de trabajo en la gran metrópolis, y ocurría en estos años un dato anecdotico, pues las zonas rurales, despobladas, antes, de forma masiva, poco a poco volvían a ser colonizadas sobre todo por jóvenes.


Unas tres hectáreas de terreno, poseía la propiedad, con algunas encinas y olivos diseminados, en estado de abandono. La vieja fuente de agua fresca, lucía un precioso tono blanco nacarado, sus envejecidas pizarras, de siglos de antigüedad, habían sido limpiadas y embadurnadas de cal, impoluta, inmaculada y pulcra. Junto a la fuente un pequeño huerto de tierra fértil, había también sido reformado y sus ricas tierras desérticas, donde crecía de modo anárquico todo tipo de malas hierbas, resplandecían y brillaban, de rojos tomates, negras berenjenas, verdes pepinos, pimientos y todo tipo de hortalizas y verduras. Un pequeño oasis, ante tanta tierra polvorienta y seca. Gracias al trabajo de los jóvenes, aquellas tierras, volvían a poseer el esplendor que tuvo, tiempo atrás.



La familia, compuesta por los padres, se completaba con una niña de cinco años y un varón de tres. Al lado del cortijo, un cobertizo, alojaba media docena de cabras, con sus ubres cargadas de leche. Una docena de gallinas de varias razas, unos gatos y un perro labrador de color negro azabache, remataba el pequeño zoológico, a la espera de algunos cerdos, cuando estuviera terminada las zahurdas.



Me presenté en el cortijo, dando la enhorabuena, por la sabia decisión tomada. Comenté a la joven pareja, lo que ya suponían e imaginaban, con la crisis creada de forma global y la cual no concede, prórrogas, plazos ni lamentaciones, ante una sociedad diseñada para el consumo, donde hemos sido victimas de un modo de vivir, aburguesado y acomodado, abandonando la forma de vivir de nuestros antepasados, sencilla y natural. La lacra de esta sociedad de consumo, que inevitablemente conduce al ser humano, a actuar con ambición, codicia y avaricia, en su afán de poseer, mas que el vecino.



Ante una buena taza de café, charlamos largo rato, mientras relataba, a mis queridos amigos, como era la vida en estos antiguos cortijos, por parte de las familias, que heredaban y sucedían, generación tras generación, años tras años, conservando la esencia, costumbres, hábitos y tradición de los antepasados, evolucionando poco a poco, con la inestimable ayuda de la mecánica, para favorecer el trabajo cotidiano. Las voces de los niños, trasmitían optimismo, y nos llegaba como bocanadas de aire fresco, en un lugar antes abandonado, marchito y agostado.



De pronto un grito seco, acompañado de llanto y la pequeña que exclamaba.


...-¡Papáaa...mamaaaa!.


Sin perder un segundo, llegamos hasta el lugar, cercano al cortijo. Bajo la generosa sombra de una encina, al lado de una gran roca, yacía el cuerpo de la niña, que gritaba de dolor. Por momentos, el nerviosismo y la inquietud se apoderó de la joven pareja, no acostumbrada, a este tipo de sucesos en la gran urbe. Mi experiencia, por los años de trabajo, en la rama forestal, intuía que aquel grito, había sido ocasionado por algún insecto o reptil, al morder el cuerpo de la niña. En una rápida exploración, pronto advertí, que sobre la pierna de la niña, había marcada, unas incisiones, señal inequívoca de la mordedura de una víbora.


...-¿Pero cual de ellas?.


...-¡Había que actuar con extremada rapidez, no importaba que tipo de serpiente, había ocasionado, la mordedura!.


En mi conciencia, estaba que la salud de la pequeña, se restableciera, y por ello debería actuar sin perder tiempo. Me retiré el cinturón, al mismo tiempo que pedía un objeto cortante bien afilado, a los padres. Mi objetivo era hacer una pequeña incisión y succionar todo el veneno,que pudiera contener la pierna, antes que llegara al torrente sanguíneo, y se distribuyera por el cuerpo, previamente había atado el cinturón por encima de la herida.



Pronto comencé ha succionar, y la sangre brotaba por la herida, gracias al torniquete que había frenado el avance del veneno. La sangre escupida, caía sobre la tierra, observada por unos abatidos padres, que continuaban bajo el shock, de ver a su pequeña, retorcerse, con fuertes convulsiones, de dolor. Subimos a la pequeña al coche, y emprendimos viaje hasta el pueblo. En el corto trayecto, los primeros síntomas de inflamación en la pierna comenzaban a surgir, y temíamos que la niña desmayara. Intensificamos la velocidad y poco tiempo después visitábamos, el consultorio médico, donde numerosas preguntas nos fueron realizadas.


-¡Que tipo de animal, ha ocasionado la mordedura!.


Exclamaba el facultativo.


...-Creo sinceramente, que ha sido una víbora.


Respondí.



Con rapidez fue inoculada, una inyección, conteniendo un antídoto contra el veneno de víbora, y desplazada hasta la capital con la ambulancia. El viaje se nos hizo largo y tedioso, observando la evolución de la pequeña, que continuaba con fuertes dolores. Ya en la capital, en el hospital, respondimos a varias preguntas.


Habíamos actuado, con rapidez y celeridad, eso nos dijo el médico que atendió a la pequeña, unos pocos minutos más y su vida hubiera corrido serio peligro, por muchas razones: la primera obviamente por la mordedura de un reptil, que puede ocasionar el fallecimiento del sujeto, si no se actúa de forma rápida y la segunda por las altas temperaturas reinantes, en el momento de la mordedura. Tras una larga charla con el doctor, informamos que pudiera tratarse de la víbora hocicuda (Vípera Latastei) una de las serpientes con el veneno más activo, de todas las que se encuentra por la zona. Horas más tarde, un nuevo tratamiento, con antibióticos y sueros, comenzaba. Poco a poco, la inflamación de la pierna descendía, y la pequeña comenzaba a recobrar la sonrisa, ante unos padres que suspiraban tras el tremendo susto ocasionado por la mordedura.


...-Debéis prestar atención, a otro tipo de peligros que no posee la gran ciudad, y de los cuales sois vulnerables, por la falta de costumbre, hábito y practicas. En estos lugares, suele abundar, peligrosos reptiles, arácnidos, ciempiés y escorpiones, solo hay que actuar con cuidado, al realizar algunos trabajos, pues estos animales suelen resguardecer, debajo de rocas u otros objetos, aunque estos peligros no son comparables con los de la gran urbe y pronto tendréis suficiente experiencia, para que no os afecte.


Aseveré.



Con un fuerte abrazo y apretón de manos, fuí despedido, por la familia. La pequeña sonreía, gracias a Dios, no tuvimos que lamentar ninguna desgracia y pronto sabrán tratar este tipo de peligros, que suele perjudicar a personas con inexperiencia en una nueva vida, lejos de la comodidad que ofrece la ciudad.



La víbora...un relato de Marcos Tenorio Márquez


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